La última propuesta de Disney, ‘Wall-E’, puede disfrutarse con distintas lecturas. Puede verse como una película de dibujos animados, sin mayores pretensiones, que entretiene, divierte y enternece o como una historia de amor entre dos ‘seres’ completamente distintos, en la que los esfuerzos de ambos conseguirán sortear todos los obstáculos que aparezcan en su camino. Pero también admite una lectura muy interesante, un alegato medioambiental nada inocente.

Recapitulemos. La trama de ‘Wall-E’ nos presenta a un planeta Tierra desvastado, engullido por la basura, por los residuos, cubierta toda él por chatarra. Una contaminación ambiental ha exterminado toda posibilidad de supervivencia y los humanos deciden abandonarla; eso sí, dejan en ella funcionando a robots Wall-E (Waste Allocation Load Lifter Earth-Class) para que la limpien durante su ausencia.

Cientos de años después, de ese enorme ejército de limpiadores electrónicos sólo queda uno en activo, un Wall-E que ha desarrollado cierta personalidad, cierta autonomía y que sigue firme a su cometido: llenar su estómago de hierro de restos, prensarlos y amontonarlos. Una cucaracha es su única compañía. En una de sus expediciones, encuentra una planta; al no saber qué es, decide guardar en su casa, como hace con todo aquello que le llama la atención o que podrá resultarle útil.

Sin embargo, todo cambiará con la llegada del robot explorador EVE (Eva, como la primera mujer que pobló la tierra), diseñado para buscar la existencia de plantas y confirmar la posibilidad de subsistencia en la Tierra.

Es desoladora la imagen de la Tierra que refleja la película, pero no es descabellado pensar que en 2700, año en que transcurre la aventura, nuestro planeta quede del modo en que se presenta. Al paso que vamos depredando y degradando los ecosistemas no es ilógico imaginar un futura nada halagüeño. Otro guiño: la fuente de energía del robot es, no podía ser de otro modo, el sol.

Por fortuna, no todo está perdido. Una planta, hallada del modo más fortuito, anima a los humanos (que andan viviendo en una nave espacial gigante, buscando nuevos planetas donde instalarse) a regresar a la que fue su casa, con el propósito de reforestarla. Ojalá no sea una profecía.

Dirigida por Andrew Stanton, padre de la escarizada ‘Buscando a Nemo’, destaca del filme los primeros 40 minutos, que conforman un auténtica obra maestra. Apenas con diálogos, la música, una vez más para el estudio Disney, es una gran baza aprovechada con talento, ironía y acierto. ¿Quieres ver el trailer?