Casi no quedan en las ciudades, a pesar de que eran el medio de subsistencia más habitual hace unas décadas. Los huertos urbanos van dejando paso al asfalto y la contaminación, pero todavía podemos recuperar su esencia.
Partiendo de la base de que los huertos urbanos eran muy tradicionales hasta hace muy pocos años, baste una cifra: en el siglo XVII la capital contaba con más de mil huertos y jardines. Incluso a mediados del siglo XIX había hasta 400 hectáreas de huertas. Muchas de ellas estaban en el casco urbano y pertenecían a casas particulares.
Ahora mismo han desaparecido las huertas urbanas en el casco antiguo de la ciudad salvo en algún convento (por ejemplo, el de La Encarnación) y, en el mejor de los casos, han ido sustituyéndose por jardines o parques. En la periferia encontramos unas 30 ó 40 hectáreas dedicadas a tal fin, es decir, como un 10% de lo que hubo en su momento. Por supuesto, siempre hay algún ciudadano sensible o curioso que mantiene el suyo.
Los cultivos de huerta más normales y que dan menos trabajo para este tipos de huertos son los tomates, calabacín, cebollas y ajos. Además de procurarnos alimentos, y el placer de degustar lo que hemos cultivado con nuestras manos, mimo y tiempo, los huertos urbanos
“consiguen una ciudad más integrada en nuestra tradición y cultura. Para las generaciones jóvenes, también tiene un aspecto educativo muy interesante. Les vincula con la naturaleza, con la tierra, con las plantas”
comenta Luciano Labajos, jardinero municipal, educador ambiental y autor del libro “Viveros municipales de Madrid“.
Desde el punto de vista sostenible, además, son importantes: los huertos urbanos suelen ser ecológicos, no usan pesticidas ni abonos industriales, y su consumo de agua moderado. Aunque las ciudades son focos de contaminación, no tiene porqué afectar a estos cultivos. Tenemos que empezar por los suelos, es importante analizar la parcela donde se quiera producir y asegurarse de que está libre de contaminantes. No es recomendable lugares donde haya mucho tráfico urbano.
¿Que qué se necesita para cultivar uno? Lo primero, ganas, porque que es una cuestión de cierta constancia. Después un pequeño terreno e informarse de qué productos serán más fáciles. Por ejemplo, el huerto de invierno llevará todo tipo de coles, coliflores, lombardas, alcachofas, cardos; en primavera, en cambio, los ajos, las cebollas, los puerros, y en verano tomates, calabacines, berenjenas, judías verdes, melones, patatas… Y si lo que nos va el huerto de secano, para ahorrar agua, nuestras estrellas serán las legumbres: garbanzos, judías blancas, etc.
En definitiva, una opción que nos permitirá comer mejor, ayudar al medioambiente, practicar un hobbie y acercarnos más a la naturaleza. Todo en uno.


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